jueves, 14 de agosto de 2014

REGATEAS O NAVEGAS?


Parecería que una cosa implica a la otra, no así al contrario, pero con demasiada frecuencia son excluyentes.

En esta época estival muchos son los que sólo pisan un velero para regatear, ni siquiera para entrenarse. Llegan un par de horas antes de la salida y desembarcan en cuanto vuelven al amarre tras la regata.
Algo bastante habitual en los regatistas ocasionales de club.
Otros entrenan, compiten, a veces hacen algún trabajo a bordo y poco más.
En el mejor de los casos vienen de la vela ligera, sin embargo abundan los que han encontrado una afición tardía (nada criticable), aunque empezar por “arriba” no suele ser lo idóneo.
En este caso pueden encontrarse algunos “nuevos” armadores-patrones, que nunca han desempeñado otra labor a bordo que agarrarse al timón, por lo que desconocen las dificultades con las que se puede enfrentar cada uno de los tripulantes en la ejecución de sus funciones, siendo además, en la mayoría de los casos los que más berrean en las maniobras. 
Tampoco escasean, dentro de este grupo, los que no se han leído el reglamento entero en su vida, ocasionando con frecuencia grandes “pollos” en salidas y balizas.

Llama la atención, dentro de estos casos, los que se gastan un pastón en velas de materiales sofisticados (a veces 3DL), o modifican los perfiles de los apéndices o el lastre de su barco, muy preocupados por el rating, al que no sacan partido, pues una mala maniobra, una cagada en la salida o una trasluchada desastrosa les hace perder cuatro veces más que las ventajas que puede suponer la inversión en material. Más les valdría navegar más.

No hay nada intrínsecamente malo en las regatas, es emocionante ese gusanillo de la competición, la satisfacción de un buen trabajo en equipo y sacarle el máximo partido al barco, independientemente del resultado de la clasificación, pero, aun a riesgo de generalizar, en el mundillo de las regatas hay mucho “mamoneo”, mucha tontería y mucho pesado que aun horas después de haber terminado la regata siguen dando la tabarra explicando sus maniobras y sus historias del día. Entendedme, es normal comentar la jornada frente a una jarra de cerveza al terminar, pero todo tiene un límite.

No voy a entrar en el tema de la vestimenta, pues generalmente  el “problema” está en la actitud (como todo en la vida), pero aunque a muchos armadores les gusta uniformar a su tripulación, bien porque sí, bien por el patrocinador, tampoco pasa nada por vestirse de “persona” una vez en tierra.

La prensa rosa, gran parte de los directivos de clubes náuticos, organizadores  y “jefes de prensa” de regatas (que en muchos casos ni son jefes, ni son prensa, ni se han subido a un barco de regatas en su vida) también fomentan ese lado elitista, rancio y trasnochado que desde siempre atufa al mundo de la navegación a vela y que poco o nada tiene que ver con la mar. 
Por supuesto no me refiero tanto a las grandes competiciones, que también, como a los trofeíllos de club, algunos de renombre, en los que hay más pijerío que navegantes.


Por todo esto, entre otras razones, ante la pregunta: ¿Regateas? Casi da vergüenza responder que te gusta navegar y aunque también regatees, o lo hayas hecho, es preferible contestar, no, yo soy más de petanca.

martes, 12 de agosto de 2014

LUNA DE AGOSTO Y LÁGRIMAS DE SAN LORENZO


La luna de agosto en el mar riela, al frescor de la noche, en un buen fondeadero de la Ría de Cedeira.  Sentado en la popa  fumando un cigarro, mientras la tripulación ya duerme, me resisto a irme al catre aunque el cansancio acecha, a la espera de las lágrimas de San Lorenzo mirando hacia Perseo. Pero no sé si por la intensidad de la super luna o por la del super sueño inducido por el ribeiro de la cena, finalmente no pude ver a las Perseidas.


Da igual, el disfrute ha sido máximo aún sin la lluvia de estrellas y, como dijo el amigo JJ, uno se siente un privilegiado, pequeño entre la inmensidad del mar y el firmamento.

Al amanecer un manto de nubes esconde el cielo, levamos el ancla y abandonamos la ría para navegar hacia el sur. 
Quizá en la próxima noche se abra un hueco para ver llorar al cielo.





lunes, 4 de agosto de 2014

En manos de quién estamos

Aterra el disparate perpetuo en que vivimos. Y déjenme contarles la penúltima.
A él lo llamaremos Manolo, y a la embarcación Manolita II. Manolo es patrón y propietario del pesquero Manolita I. Se dedica, con sus marineros, a una pesca que se hace con redes; y para ayudarse a calar y recoger éstas lleva a remolque desde hace treinta años el Manolita II: pequeño bote auxiliar, de madera y remos, de sólo cuatro metros de eslora, que valdrá hoy unos trescientos euros.
Nunca tuvo problemas hasta que una patrullera de la Benemérita le dijo hola, buenos días, y en aplicación del reglamento vigente lo informó de que el Manolita II tenía que estar registrado, llevar matrícula, bandera y demás parafernalia náutica.
Manolo dijo a los guardias que él sólo usaba ese bote un par de meses al año, y que el resto lo tenía en seco, en tierra. Pero respondieron que aun así. Que lo sentían mucho, pero que era la norma y ellos eran unos mandados. Punto.

Manolo decidió hacer bien las cosas bien, y empezó los trámites: capitanía marítima, papeleo. En cada peldaño del calvario, claro, pagando. Tasa tal, certificado cual. Hasta que, en mitad del proceso, el funcionario correspondiente informa a Manolo que, según la normativa A, párrafo B, para obtener el certificado de navegación del Manolita II debe presentar un proyecto de embarcación hecho por un ingeniero naval y visado por el Colegio Oficial, donde figuren datos técnicos como cálculo del junquillo y otras informaciones vitales. A Manolo se le funden los plomos. Oiga, balbucea. Yo sólo quiero legalizar un bote de remos de cuatro metros que remolco hace treinta años. Ya, responden. Pero según la normativa con fecha tantos de tantos, si no figuran los datos del junquillo, no hay manera. ¿Y qué es el junquillo?, pregunta Manolo. Etcétera.

Al fin, gracias a la buena voluntad de otro funcionario que le confía por lo bajini que el primer funcionario es un borde que no tiene ni zorra idea, Manolo consigue pasar el trámite, paga nuevas tasas y obtiene el certificado del Colegio Naval. Victoria.
Victoria un carajo, comprueba acto seguido. Pues cuando acude a la ventanilla con su certificado, responden que ahora tiene que obtener el de Seguridad, y que además tiene que colocar un puntal con las luces de navegación obligatorias. ¿En un bote de cuatro metros?, alucina Manolo. Afirmativo, confirman. Además, debe llevar a bordo bengalas y chalecos salvavidas inflables y sin inflar. Manolo objeta que todo eso lo tiene a bordo del pesquero grande, y que cuando bajan al bote llevan los chalecos salvavidas puestos. Da igual, responden. El Manolita II debe llevar sus propios chalecos, revisados cada año pagando las tasas correspondientes. Pero en cuatro metros de bote no cabe todo eso, se desespera Manolo. A lo que los funcionarios responden encogiéndose de hombros. Ya, dicen. Pero es la normativa. Artículo Tal, párrafo Cual. ¿Y quién ha hecho esa normativa?, pregunta la víctima. Y responden: ah, no sé. Uno de la consejería, o de Madrid.

Manolo lo compra todo. El puntal, las luces, los chalecos. Todo. Pero siguen sin darle el permiso, informándolo por capítulos. Falta la revisión de Sanidad y el pago de esas tasas, se entera ahora.
Y un día, en el lugar donde está varado en tierra el bote, se presentan dos inspectores con mono blanco, botas asépticas y casco de seguridad. ¿Dónde está el buque Manolita II?, preguntan. Cuando se repone de la impresión, Manolo indica el bote. Lo miran, se miran entre ellos y le dicen a Manolo que falta a bordo el botiquín con la lista Alfa, o algo así. Y se van.

Manolo acude a una tienda náutica, compra el botiquín -que está vacío y cuesta 100 euros- y luego lleva la lista Alfa a una farmacia. No puedo darle esos productos, dice el farmacéutico, porque para la mitad necesita receta. No joda, dice Manolo. Sí jodo, dice el otro. Etcétera. Etcétera. Y una docena de etcéteras más.

Ha pasado un año. Hoy, tras perder meses de ventanilla en ventanilla y gastarse 5.895 euros en legalizar un bote que vale 300, Manolo por fin puede llevar otra vez a remolque el Manolita II. Aunque, como es imposible cargar tanto equipo a bordo, pues en cuatro metros de eslora eso impediría hasta remar, lo deja todo en tierra. De manera que cuando la Guardia Civil lo pare otra vez, lo van a crujir. Pero eso sí: gracias a la normativa Omega barra Siete, o como se llame -ideada por algún imbécil que no ha visto el mar en su vida-, el Manolita II tiene, por fin, pintado un número de registro oficial. Y en la popa, según expresa textualmente nuestra legislación náutica, ya puede llevar la bandera española «con los privilegios que ello confiere».

Arturo Pérez-Reverte