domingo, 24 de junio de 2012

DESTINO MEDITERRANEO. TRAVESÍA EN EL “FAST FERRARI”. (3ª y 4ª ETAPAS).

Esta escala en Cascáis también fue rápida, poco más de siete horas nos dieron para dormir un poco, ducharnos e ir al pueblo a desayunar y hacer una compra. En cuanto Javier estuvo a bordo, repostamos algo de gas oil y zarpamos ese mismo martes a media mañana. Lástima, pues en unos días sería allí mismo la regata costera de la Volvo Ocean Race, cuya flota se encontraba en una marina cercana más próxima a Lisboa, pero era mucho esperar.

La mañana era luminosa, de mar llana y una buena brisa de 15 nudos que en principio nos entraba del través, pero que más tarde se iría a la popa mientras navegábamos ya a rumbo directo a Cabo San Vicente, a algo más de 90 millas por la proa.
Era imposible sentirse incómodo en esas condiciones. El Fast Ferrari, con todas sus velas, nos llevaba hacia el sur, rápido y firme como un tren sobre raíles.
Por la tarde nos alcanzó y sobrepasó un frente nuboso que hizo arreciar el viento, pero Lorenzo volvió para darnos las buenas noches y dejarnos en manos de la luna.
Esa madrugada doblábamos Cabo San Vicente, pasando cerca de sus acantilados, con el haz de luz de su faro acariciándonos el mástil y las velas.
Alcanzamos el Cabo durante la guardia de Carlos y mía. Desatangonamos el génova y lo enrollamos. A continuación trasluchamos y una vez amurados a babor volvimos a desplegar el génova por fuera de la trinqueta (es decir, que viramos y quedamos con todas las velas por el lado derecho).
Próximo a nosotros navegaba otro velero, puesto en descubierto por la luz de la luna, que realizaba una maniobra similar a la nuestra pero siguiendo después un rumbo más al sur.
Con Punta Sagres por la proa, rápidamente la dejamos atrás y la mar se aplanó, mientras el viento arreciaba y navegábamos a un largo cerca de los 9 nudos de velocidad. ¡Momentazo!
Por nuestro estribor la mar brillante y la luminosa luna, por babor en cambio, se veía aproximarse, desde tierra, un oscuro y amenazador banco de niebla que llegó a ocultar la luz del Faro de San Vicente por nuestra popa.
Dicen que el momento de rizar la mayor es justo cuando empiezas a pensar si habría que ponerle un rizo a la mayor…, así que se lo pusimos.
El viento siguió arreciando aún un poco más y el barco navegaba rápido pero mucho más cómodo con menos vela. Y así, finalmente, escapamos del banco de niebla…como se suele decir, pusimos  “pies en polvorosa”.
Tuvimos pues una guardia trabajosa, pero espectacular.

Al amanecer, medio en sueños escuchaba desde mi litera el crujir de una driza y una polea chirriando, de pronto un grito seco, “¡PARA!” y después silencio…
Mi subconsciente estaba a punto de decirme algo cuando una voz baja en el camarote me despertaba: “¿Puedes subir un momento, Jorge? Tenemos un problema”.
Asomé la cabeza por el tambucho, el viento había amainado bastante y la mayor estaba a medio izar.
¿Qué ha pasado?
Pues que se ha roto la mayor.
Respiré profundo y gracias a la característica “tostada” matutina dije algo con calma, no mucho más trascendente que un “¡Kaspita!”
Qué le vamos hacer! Está viejecita.
Arriamos toda la mayor y analizamos el daño sufrido. Fui a por el Kit de reparación de velas y en él encontré poco más de un par de tiras de tejido adhesivo de spi, un rollo de cinta americana fosilizado y creo que un cromo de Cubala cuando jugaba en el BarÇa… Así las cosas no había nada que pudiéramos hacer para repararla a bordo, más que llevarla a un velero al llegar a Cádiz.
Afortunadamente, el roto (que no era mucho) quedaba por debajo del segundo rizo, así que la volvimos a izar con el segundo rizo puesto y tan ricamente.
El día volvió a ser fantástico. Mar rizada, cielo y mar azul intenso con la luminosidad del sur, con brisa suave y constante por la popa que a última hora de la tarde iría arreciando.
Sol y calor que nos obligaba a baldear la bañera de vez en cuando. Incluso algún tripulante sólo salía de su letargo para echarse un cubo de agua por encima, en la jupette (popa) y al poco volver a desaparecer en su madriguera.
Menos mal que teníamos cosas que hacer bajo cubierta, como desmontar las panas del suelo e inspeccionar la sentina, que tenía “agua” con alguna que otra especie que se creía extinguida, inspección de bombas de achique, una de las cuales se volvió loca y no dejaba de funcionar ni desconectando las baterías, hasta que empezó a arder. Extintor en mano, afortunadamente no fue necesario utilizarlo, pues tengo mis dudas de que hubiese funcionado, o puede que sí.
Terminado el tema sentina y bombas de achique, recompuesto el interior, volvió el orden y el esparcimiento a bordo.
Por la tarde siestas, música, charlas, lectura y antes de la puesta de sol, el viento se había ido animando y trasluchamos para poner proa a la Bahía de Cadiz. Después, como premio, otra magnífica  y animada cena en el “salón Acapulco” de manos del chef Jose Manuel. ¡Dura vida la del navegante! J
Al poco de anochecer navegábamos a 8-9 nudos a orejas de burro por en medio de la Bahía de Cádiz hacia la desembocadura del río Guadalete.
Fuimos recogiendo velas hasta aproarnos para arriar y aferrar la mayor antes de empezar a remontar el trozo de río hasta Puerto de Santa María, pero estaba la marea baja y los 2,50 metros de calado de la orza no encontraron  agua suficiente. Primero  tocamos en el lodo por un lado del canal, luego por el otro. No merecía la pena acertar con un canal de tan poco margen, además, la velería a la que llevaríamos a reparar la vela estaba en Puerto Sherry, por lo que dimos media vuelta por donde habíamos venido y nos dirigimos al puerto vecino, donde amarramos a las 01:00h.
El buen ánimo de la tripulación se tradujo en un par de copas en la bañera con animada conversación. Poner  temas sobre el tapete como: Mouriño,-Guardiola, Barça-Madrid, CR7-Messi, sobre todo habiendo algún catalán y algún madrileño a bordo, y aun los que no somos aficionados al futbol entramos en calor ;-)
A la mañana siguiente fuimos despertando de uno en uno y desfilando hacia las duchas. Arreglado el papeleo en la oficina de la marina, me fui a buscar la velería, que dicho sea de paso estaba en la quinta puñeta desde el barco, mientras la tripu desmontaba la vela mayor y la empaquetaba para llevar a la velería. Ya sólo bajarla del barco, por el pantalán hasta tierra te dejaba el hombro dislocao, así que esperamos a que vinieran a buscarla con la furgoneta. Estaría lista para primera hora de la mañana siguiente.
Tras el arranchado general y fregoteo de la cubierta dispusimos del resto del día para nosotros.
Había programada para el siguiente fin de semana una regata de veleros clásicos y alguna de esas joyas ya se encontraban en el puerto. Cerca, en el mismo pantalán, una goleta preciosa, uno de cuyos tripulantes nos echó una mano llevándonos a comprar un enchufe, para el cable de corriente de tierra que se había fundido, a un lugar mucho más barato que los existentes en la marina.

Pero las joyas de la corona eran dos “Five”, en concreto uno de ellos, el “Hispania” verdaderamente espectacular. Precioso como un Stradivarius, impecable, con todas sus maderas barnizadas y protegidas del sol con fundas.

Al medio día dimos un paseo hasta el Puerto de Santa María y comimos unos pescaitos fritos y unas gambas en el Romerijo (ya no es lo que era). Por la tarde el grueso de la tripulación se acercó hasta Cadiz en el vaporcito (que ya no navega). Ramón había quedado con un antiguo forero de TítulosNáuticos y el resto de excursión, mientras Jose Manuel y yo volvimos al barco. Siesta y revisión del motor, que expulsaba líquido refrigerante.
En esta escala estaba previsto que embarcase una antigua tripulante del Fastfe, Fátima García, pero a última hora imprevistos laborales se lo impidieron. Lástima, la próxima vez será.
Cena a bordo, más tertulia de sobre mesa y al catre.

A la mañana siguiente un día luminoso de buen viento nos esperaba.
Duchas, desayuno y a funcionar, pues había que aprovechar ese viento.
Zanjados los asuntos con la marina, nos trajeron a su hora la vela reparada y en cuanto la tuvimos montada de nuevo, zarpamos.
Izamos mayor y trinqueta en la bocana del puerto e inmediatamente metimos un rizo a la mayor para ceñir hacia el bajo de Los Cochinos, en la salida de la Bahía y abrir rumbo hasta la baliza cardinal de la  Punta del Sur, al Oeste del Castillo de San Sebastián, donde pusimos ya rumbo sur, desplegando también el génova atangonado por estribor, navegando viento en popa en busca del Estrecho.
Con un poco de mar de popa y unos 18 nudos de viento patinábamos rápido y no tardamos mucho en encontrarnos al través del mítico Cabo de Trafalgar.
Durante la travesía, todos y especialmente los más jóvenes de la tripulación, atendíamos y aprendíamos de las experiencias y relatos con los que Ramón nos deleitaba de sus tres cruces del Atlántico, lo cual estuvo bien.
Por la tarde entrábamos en el Estrecho con un buen poniente que nos empujaba a 8 nudos de velocidad.
Doblamos Isla Tarifa trasluchando para arrumbar hacia Punta Europa.


A lo largo del Estrecho el viento fue arreciando y a pesar de que navegábamos ya con un rizo, yo tenía la intuición de que encontraríamos aún más viento a la salida y pensaba en meter un segundo rizo o incluso arriar toda la mayor, para navegar tranquilamente a orejas de burro con la trinqueta y el génova, pues una vez que alcanzásemos los 25 nudos de viento de popa sería más complicado reducir vela, no obstante lo dejé pasar.
Cuando pasábamos a la altura de la Bahía de Algeciras navegábamos a unos 10 nudos en popa cerrada, con el génova atangonado por babor, la trinqueta y la mayor por estribor, esta última con un rizo.

Hacía un rato que vigilaba por el rabillo del ojo a un ferry de Balearia que había salido de Tánger, navegando por el lado marroquí del Estrecho, hasta que cambió de rumbo para atravesar el dispositivo de separación de tráfico dirigiéndose hacia Algeciras. Al principio parecía lejano, pero estos barcos van muy rápido y pronto lo teníamos muy cerca por estribor apuntando a nuestra proa. Ellos saben tu rumbo y velocidad y pueden calcular el posible punto de colisión para controlar que pasan por la proa. Lo malo es que ajustan demasiado y nuestra velocidad iba en aumento. Así que decidimos enrollar el génova para reducir velocidad y aún con esas nos cruzó la proa demasiado cerca para mi gusto… Hubiera tenido más mérito que calculasen su velocidad para pasarnos por la popa sin variar su rumbo.

Dejamos atrás el Estrecho a buena marcha y después de la cena, al anochecer, siguió arreciando el viento y con él la ola, lo cual hizo aconsejable gobernar el timón a mano. El barco iba como un tiro, haciendo puntas de más de 12 nudos, pero no era buena idea empezar las guardias, con sólo dos tripulantes en cubierta, en esas condiciones.
Ahora es cuando nos hubiera venido bien haber arriado la mayor a la entrada del Estrecho, porque rizar o arriar la mayor mientras hace presión contra la jarcia no es tarea fácil y menos de noche con ese movimiento.
Opté por irme arrimando a la costa en la confianza de que si conseguíamos adentrarnos un poco en el Golfo de Málaga la mar disminuiría y nos facilitaría la maniobra, como así fue.
Prácticamente todos permanecimos en cubierta durante las dos primeras guardias, preparamos los arneses y plantificamos bien la maniobra para llevarla a cabo en cuanto las condiciones lo facilitasen.
Por otro lado había que volver a pasar bien la contraescota de la trinqueta por encima del amantillo del tangón para que llegado el momento pudiésemos trasluchar sin problemas. Entiendo que quizá es un poco lioso esto que cuento, pero lo que no me hacía mucha gracia era tener a un tripulante en la proa con el barco balanceando y de noche, por mucho arnés que llevara. A su favor hay que decir que Javier está acostumbrado a hacer la proa.
Solucionado este punto sólo hubo que esperar el mejor momento para poder arriar la mayor.
Dos tripulantes al palo para tirar del grátil hacia abajo e ir aferrando la mayor a la botavara, otros dos cazando la escota de mayor para llevarla lo más al medio posible y separarla de la jarcia, otro más a la driza para arriar y uno pendiente del segundo rizo para irlo cazando, según se iba arriando mayor, para conseguir mantener la vela lo más separada posible de la jarcia. 
Hizo falta la colaboración de toda la tripulación, pero la maniobra salió bien y rápida, para satisfacción de todos.

Ahora ya se podía encomendar de nuevo el timón a “Ray” y continuar con las guardias tranquilamente.
La noche fue bonita, navegando rápido pero estables con el génova atangonado, un poco recogido, y la trinqueta a orejas de burro. Hasta que con el amanecer amainó el viento, aunque la mar tardó un poco más en hacerlo.

Fue durante la guardia de Carlos y mía que nos tocó recoger todo el tinglado, génova, trinqueta y tangón, arranchar la maniobra y darle al motor dado que se acabó completamente el viento.
Un buenos días de los delfines y poco más.

A última hora de la mañana entrábamos en el Puerto deportivo de Almerimar y en cuanto estuvimos amarrados en una plaza, nos fuimos todos a comer algo a un restaurante del puerto, para celebrar el fin de etapa y despedir a Carlos, el benjamín de la tripulación. Por otro lado recibíamos a una nueva tripulante, Carmela, madre de Carlos, con lo que todo quedaba en casa. J
Después de comer, duchas, siestas y cada uno a su bola, aunque como al día siguiente era domingo había que ir al supermercado para hacer una compra antes de que cerrasen. A los dos tripulantes que se presentaron voluntarios, se les vio el plumero, pues aparecieron prácticamente con no sé cuantos litros de cerveza, unos cuantos refrescos y  poco más que unas lonchas de jamón…Ejem.
Esa noche me la tomé libre, pues tengo familia en San José y me fui con ellos a cenar.

miércoles, 20 de junio de 2012

DESTINO MEDITERRANEO. TRAVESÍA EN EL “FAST FERRARI”. (1ª y 2ª ETAPAS).


El “Fast Ferrari”, un Sun Fast 52, viejo conocido de los que recaláis por este blog y barco muy querido por mí, con el que he compartido miles de millas. A pesar de todos sus defectos y desperfectos, creo que es, de todos los barcos en que he navegado (y son muchos), el que mejor navega.
Con los restos de su otrora bien surtido ropero, que se han quedado en una vela mayor de dacron trilladita, un viejo génova III reconvertido en vela de enrollador y una no menos vieja trinqueta, velas más propias de un antiguo clipper que de un “pepino” que fue, el FastFe navega elegantemente y con potencia.
El que tuvo aún retiene esa prestancia sobre las olas, aún rápido y dócil al timón, seguro.

Travesía esta que en su momento anuncié en el blog, la llevamos a cabo entre los días 2 y 12 de este mes de junio, en que recorrimos unas 1.080 millas desde Sada (A Coruña) hasta Formentera (Illes Balears), en seis etapas.
En general hemos tenido buena suerte con el tiempo, la mar y el viento, pero lo que más destacaría es el buen clima que se vivió a bordo entre la tripulación, aunque en el transcurso de la travesía hubo algunos cambios de tripulantes. Algunos desembarcaron y otros se incorporaron, pero permaneció la harmonía.

Todo empezó mes y medio antes, con la planificación de la travesía y la búsqueda de tripulación, pero fue una semana antes de la partida que empecé a preparar el barco, al llevarlo hasta el puerto de Sada, pues llevaba algo más de un año desatendido en aguas de La Coruña.
Limpieza y reparación de desperfectos, puesta a punto y equipamiento llevaron su tiempo y su trabajo, no obstante las tareas de “bricolage” a bordo fueron una constante durante la travesía. Pero eso también forma parte de la navegación.
Con una tripulación de siete tripulantes, constituida, además de un servidor, por Jose Manuel, Carlos, Daniel, Nikos, Jose y Eloy, zarpamos del puerto de Sada a las 13:30h del sábado 2 de junio destino Bayona.

Al salir de la ría se entabló un viento del Oeste de entre 12 y 15 nudos, pero había sed de navegar a vela y ceñimos dando bordadas, con toda la mayor y el génova, hasta alcanzar las Islas Sisargas, donde enrollamos el génova y encendimos el motor para negociar el paso por dentro de las Islas.
Durante el resto de la tarde alternamos la navegación sólo a vela con la ayuda del motor, que permaneció encendido al caer el viento por la noche al paso de Cabo Fisterra.
Establecimos tres guardias (dos de dos tripulantes y una de tres) de tres horas, pero que no llevamos a rajatabla, debido a que dos tripulantes que sólo harían esa etapa, Jose y Eloy, querían disfrutar a tope de la noche.
Tras un amanecer tranquilo con mar y viento en calma, pronto dejamos las Islas Cíes por estribor, por tanto pasando por dentro de ellas, apuntando hacia el estrecho de Estelas que nos llevaría a la Ría de Bayona, puerto al que arribamos a eso de las 10:00h.
La escala en Bayona sería corta, pero sin prisas. Lo justo para repostar gas oil, darnos una ducha y salir a picar algo antes de volver a zarpar a primera hora de la tarde de ese mismo domingo.
En Bayona desembarcaron Jose y Eloy, y embarcó un viejo amigo, Ramón Prat, autor de “La Odisea del Paradisse”, con lo que en la segunda etapa, hasta Cascáis, seríamos seis tripulantes.

Enfilamos hacia la salida de la Ría de Bayona, ciñendo con un suave viento del Oeste de unos 12 nudos, arrumbando a la boya que marca el bajo del Lobo de Silleiro, punto en que ya pondríamos rumbo Sur.
La tarde quedó sumamente apacible, soleada, con mar rizada, navegando a vela, en principio con toda la mayor y el génova, a unos cómodos 6 nudos de velocidad. Pronto se abriría un poco más el viento, momento en que también izamos la trinqueta (combinación de tres velas que emplearíamos durante la casi totalidad de la travesía), ya navegando en aguas portuguesas.

 
El buen rollo se respiraba a bordo respaldado por una navegación más que agradable.
Daba tiempo a todo, alternando momentos de animada conversación en bañera con momentos en los cada uno andaba a lo suyo, bien llevando el timón, bien leyendo, haciendo fotos, con el ordenador, escuchando música o simplemente disfrutando de la navegación.
A esto que, cual “Archeron” acechando a la “Surprise”, avistamos un velero en el horizonte, por la proa, al que fuimos alcanzando hasta echarnos encima y pasarlo holgadamente.
 Mientras tanto Jose Manuel, ayudado por el pinche Nikos, ya se encontraban en la cocina preparando la cena.

Por estas longitudes, en esta época del año, el sol se pone muy tarde y es buena costumbre a bordo cenar temprano, por lo que antes de que Lorenzo se hundiese en el horizonte nos hallábamos ya todos abajo, reunidos en torno a la mesa del “salón Acapulco” cenando, al tiempo que sobrepasábamos al otro velero. Supongo que su tripulación se encontraría en las mismas, pues tampoco se veía un alma en cubierta, mientras navegaba tranquilamente bajo sus cuatro velas y al mando del capitán “Autohelm”. Supongo también que nuestro skipper “Ray” les saludaría con una sonrisa en su pantalla, por la pasada que les estábamos dando….

Después, el postre en la “cubierta Promenade” esperando al Rayo Verde y la salida de la luna.
Talmente como si fuese un empalagoso video publicitario de Amel, pero con el FastFe, que te pone de nuevo los pies en cubierta, pues a bordo, tonterías que funcionen, las justas.

Por la noche organizamos tres turnos de guardia de tres horas, compuestos por dos tripulantes. Turnos que iríamos rotando a lo largo de los días, pues la guardia central salía perjudicada, mientras las otras dos podían al menos dormir seis horas seguidas.
Aunque navegásemos a vela, al crepúsculo encendíamos por lo menos hora y media el motor para cargar baterías y encender la nevera.
Por lo demás, dado el magnífico estado de la mar, la noche fue deliciosa, bajo el amparo de la luna llena.

Tónica que continuó durante todo el día siguiente.
Por la mañana avistamos una pequeña manada de cetáceos blancos, yo creo que se trataba de algún tipo de delfín poco habitual en estas aguas, quizá delfines Risso, o Burrunan o delfines piloto. Eran grandes, con aleta dorsal larga, casi blancos y al sumergirse bajo la proa se les veía de color turquesa luminoso.
Con nadar pausado, junto con sus crías, pasaron bastante de nosotros.
A lo largo del día, con una mar llana como un plato, la brisa arreció ligeramente, permitiéndonos hacer fácilmente entre 7,5 y 8 nudos de velocidad, navegando, durante la mayor parte del día, a un través, bajo mayor, trinqueta y génova. Condiciones extraordinarias para la navegación a vela.
 
Bien entrada la tarde avistamos por la amura de estribor las Islas Farilhoes y Berlengas, el viento aún arreció un pelín más y roló al Norte, entrándonos prácticamente por la popa al paso entre Cabo Carvoeiro y las Islas.

Con rumbo hacia Cabo da Roca, atangonamos el génova en orejas de burro por estribor, con la mayor y la trinqueta por babor, tirando del barco a buen ritmo. Durante gran parte de la travesía restante utilizamos esta configuración vélica con muy buen resultado.
En Cascáis desembarcarían en principio Nikos y Carlos, aunque este último, el benjamín de la tripu, se fue envenenando con la navegación y nos acompañó dos etapas más. Por el contrario embarcaría un nuevo tripulante, Javier.
Aprovechamos pues para hacernos la foto de tripulación de la etapa, en la que de izquierda a derecha vemos a Ramón Prat, Carlos Fernández, Nikos Antimissaris, Daniel Rey, Jose Manuel Iriarte y un servidor.

A última hora de la tarde el viento bajaba y subía de intensidad, por lo que a ratos nos ayudábamos con el motor, ya que Nikos debía estar a las 05:00h (hora portuguesa) lo más tardar en Cascáis.
No obstante a eso de las 02:00h trasluchábamos al paso del Cabo da Roca con 20 nudos de viento de popa y poco más de una hora más tarde estábamos entrando en la Marina de Cascáis.